Blog de Gurudev

    
Karma Yoga
Posted: January 14, 2012

Para lograr escapar del sufrimiento, buscamos distracción en la parranda, fiesta y carnaval. En pos de entretenimiento, acudimos a la radio, los periódicos, la televisión, los juegos electrónicos y también a la espiritualidad. Con esta actitud errónea, nos acercamos a diferentes maestros espirituales, a sus libros, talleres y conferencias. Sin embargo, movernos por los senderos del alma solo en busca de esparcimiento será una mera pérdida de tiempo. La seriedad es esencial al explorar, investigar e indagar. Me refiero a aquella seriedad con la cual nos preguntamos acerca de nuestras vidas al asistir a un funeral o al enfrentar situaciones complicadas. Con una seriedad de este tipo, os invito a explorar el sendero del karma-yoga.
 
La palabra karma deriva de la raíz sánscrita kri (‘hacer’) y significa ‘acción’; la palabra yoga proviene de la raíz sánscrita yuj (‘unir’) y quiere decir ‘unión’. Por lo tanto, karma-yoga es ‘el sendero de la unión a través de la acción’.                    
 
Sin embargo, este yoga no apunta a una «unión» de carácter dualístico; no se refiere a la acción de conectar diferentes monadas; es la unión del alma con Dios, pero no como dos realidades esencialmente diferentes o como entes separados, sino que sugiere prestar atención a la realidad eterna de que el trozo es –y siempre ha sido– parte integral del Todo. Es despertar y darnos cuenta de que toda sensación de aislamiento es falsa e ilusoria ya que la ola es, de hecho, océano; la joya no es más que oro; el jarro es, en realidad, arcilla. Esta unión consiste en la revelación de que somos partes integrales de la existencia.
Para comprender el karma-yoga, será indispensable aprehender el punto de vista vedántico que indica que la acción incluye su fruto: el resultado o efecto de la acción es parte integral e inseparable de esta. Es decir, el beneficio o daño que una acción produce no están separados de la acción misma sino que son uno con esta.
 
Toda acción conlleva sus correspondientes reacciones. Si nuestra acción es egoísta y está motivada por intereses personales, entonces nos desarraiga del momento presente; nos transporta de la realidad de los hechos a un mundo ficticio de añoranzas y expectativas. Toda acción manipulativa nos lleva a ignorar el presente y vivir en pos de un futuro. Al actuar con la intención de obtener resultados egoístas, rechazamos el ahora en pos de un mañana; damos la espalda a «lo que es» para vivir de acuerdo con lo que deseamos o esperamos que sea.
 
La acción puede mecanizarnos o emanciparnos; robotizarnos o liberarnos; ahondar nuestro condicionamiento o liberarnos de él. Según el karma-yoga, solo al actuar sin tratar de manipular la vida a través de nuestras acciones nos movemos en la realidad. Solo la acción carente de expectativas posee raíces en la realidad. Únicamente al actuar sin pretender lograr un disfrute personal a través de nuestras acciones podremos movemos en la plataforma de la objetividad, en armonía con el dharma universal. Tal como nos aconseja el Gītā (9.27):
 
yat karoṣi yad aśnāsi
yaj juhoṣi dadāsi yat
yat tapasyasi kaunteya
tat kuruṣva mad-arpaṇam

«Todo lo que hagas, todo lo que comas, todo aquello que ofrezcas o regales, así como toda austeridad que realices, hazlo, ¡oh, hijo de Kuntī!, como una ofrenda a mí».
 
La acción egoísta nos robotiza ya  que se origina en nuestro condicionamiento y nos impulsa a actuar sujeto a este. Al comprender esto, por lo general, surge la pregunta: ¿cómo hago para dejar de actuar sujeto al condicionamiento? Este punto debe ser analizado con cuidado y seriedad. Cuando preguntamos « ¿cómo?», de hecho estamos solicitando un sistema ya que nos damos cuenta que un desarrollo espiritual sin una metodología es imposible. Sin embargo, es importante comprender que la iluminación no es el resultado de la práctica de una técnica. Un sistema no puede darnos a Dios como resultado. Ningún esfuerzo que provenga de nuestro condicionamiento puede conducirnos a la trascendencia del ego. Por más esfuerzos que hagamos, no es posible levantarnos a nosotros mismos jalándonos desde nuestro cinturón. Por otro lado, todo esfuerzo orientado hacia un resultado busca un fin. Toda meta se encuentra en el futuro, mientras que la realidad vive solo en el presente.
 
 Toda técnica practicada sin observación no hace más que acentuar nuestro condicionamiento; todo método practicado sin atención fortalece el fenómeno egoico. Carente de conciencia, toda práctica nos mecaniza más aún transformándonos en robots. Es imposible escapar de nuestro mecanismo mental a través de un proceso mecánico repetitivo carente de atención. Ningún sistema privado de contemplación podrá ayudarnos a trascender nuestro condicionamiento.
 
Hay quienes han abogado por una completa renuncia a todo método. Pero incluso deshacerse de todo método implica un método en sí mismo; la técnica que aconseja abandonar toda técnica, al fin y al cabo, no es más que otra técnica. Son muchos quienes han aconsejado abandonar los gurús, los libros y los métodos y finalmente se vieron rodeados de discípulos que leen sus obras y que aprenden sus sistemas «anti-sistemas».
 
 No obstante, podemos comparar al sistema con una sierra eléctrica: puede ser sumamente peligrosa o muy beneficiosa depende de quién la utilice y cómo. Una metodología es capaz de crear las condiciones necesarias para que la liberación ocurra; todo esfuerzo por evolucionar requiere preparar las condiciones adecuadas. Por lo tanto, el sanatana-dharma no está en contra de técnicas con la condición de que se practiquen de manera consciente. Solo el método que integre la atención y la observación podrá crear las condiciones óptimas. Por lo tanto, el énfasis se debe poner en mirar, ver y observar.
 
Sin embargo, muchos confunden observar con pensar; pensando no podemos trascender el pensamiento; todo movimiento mental se origina en el condicionamiento y, por ende, difícilmente nos ayudará a liberarnos de este. Pensar acerca de un tigre no cambia nuestro comportamiento; solo ver un tigre en frente nuestro produce una auténtica respuesta. No reaccionamos igual al imaginar un incendio que al ver que las llamas se acercan. De la misma manera, solo pensar acerca de nuestro condicionamiento, violencia y egoísmo no producirá cambio alguno en nuestro proceder; porque la revelación ocurrirá solo al explorar, investigar, cuestionar y mirar.
 
Por tanto, mi misión es despertar vuestro apetito por mirar vuestro propio condicionamiento y observar los temores, las ambiciones, las estrategias, los conceptos, las ideas, las expectativas, las actitudes, los gustos y disgustos; no ofrezco material para pensar sino inspiración para observar ¡Os invito a investigar juntos atentamente! Pero no como autoridad y subordinado, sino como amigos cercanos, de la mano: solo desde la atenta observación puede emerger la libertad y el servicio desinteresado o karma-yoga que es el comportamiento natural de los seres libres. La acción carente de interés egoísta florece de una revelación interior.
Nuestro condicionamiento nos permite la rendición pero no la entrega. La primera proviene desde la humillación del enemigo, la segunda emerge del amante. La rendición incluye la frustración, la resignación y el sometimiento; la entrega es una expresión de amor. Sujetos a nuestra esclavitud psicológica quizás logremos servir como cuestión de deber, pero sin espíritu de cooperación. Desde nuestro condicionamiento, podremos servir pero nunca participar; nuestro servicio nunca será voluntario sino forzado. Solo experimentando nuestra libertad interna aceptaremos cooperar con una autoridad externa.
 
Sin embargo, esta libertad no puede ser adquirida sino que debe ser  reconocida; es una revelación. No consiste en la independencia de otros sino que es la libertad de lo que creemos o pensamos ser; es la emancipación de nosotros mismos. Nada ni nadie es un obstáculo para obtenerla, porque es nuestra esencia. Si nos observamos, nuestra auténtica naturaleza se revelará como libertad. El auténtico karma-yoga se origina únicamente desde la profunda experiencia de unidad con el Todo. Solo la acción que se origina desde un estado trascendental a la mente no nos esclaviza, tal como se menciona en el Īśopaniṣad (mantra 2):
 
kurvann eveha karmāṇi
jijīviṣec chataṁ samāḥ
evaṁ tvayi nānyatheto 'sti
na karma lipyate nare

«Actuando en el mundo de acuerdo a esta sabiduría, puede uno aspirar a vivir cien años. De esta manera, la acción no coartará su libertad».
 
La acción libre de condicionamiento, que sugiere el karma-yoga, florece desde la meditación. Consiste en una respuesta que se origina en un estado trascendental a la mente. Solo entonces, serviremos solo por el placer de dar y sin buscar a cambio alcanzar intereses egoístas. Solo desde un estado más allá del pensamiento es posible actuar sin manipular la vida. Cuando nuestro prójimo deje de ser «el otro», al servirle estaremos sirviendo a Dios.
 
 
 


El Deseo
Posted: May 31, 2010

El deseo controla y mueve a los seres humanos como si fueran títeres. El deseo es la motivación que yace tras toda acción, el poder y la energía que origina todo movimiento. Éste empuja a los hombres a efectuar los más increíbles esfuerzos. Sin embargo, pocos se detienen a observar y analizar en qué consiste esta fuerza tan central en sus vidas. A pesar de que la mayoría sufre a causa del deseo, casi nadie se formula preguntas como las siguientes: ¿Qué es el deseo? ¿Cuáles son los orígenes y las raíces de esta poderosa energía? ¿Es posible vivir libre de la esclavitud de los deseos? ¿Puede nuestro esfuerzo por saciar nuestros deseos conducirnos a la satisfacción? ¿Nuestra felicidad depende de la posibilidad de satisfacer nuestros deseos?
¿Qué es el deseo?

El deseo —o apetito intelectual, sexual, físico, emocional etc. — consiste en una acuciante inclinación de la voluntad hacia la consecución de un determinado disfrute o placer. El deseo nace de la inclinación a repetir las sensaciones placenteras que determinadas experiencias sensoriales producen en la mente. En muchas ocasiones, esa inclinación puede transformarse en ansiedad e incluso en una incontrolable necesidad por saciar el apetito en cuestión.

Según Agustín de Hipona (354 – 430 EC), el origen del deseo se halla en la desobediencia del hombre a la ley de Dios. Leemos en su famosísima obra De Civitate Dei o La Ciudad de Dios, libro XIII, capítulo 13: «Se regocijó en la propia libertad de actuar perversamente y desdeñó el servicio de Dios; y fue por eso que se le privó del servicio obediente que hasta entonces el cuerpo le había prestado». Así como el ser humano se desentiende de la voluntad de Dios, el cuerpo ignora las necesidades del espíritu.

 De la misma manera que el ser humano se separó, se desconectó de la voluntad divina, la mente y el cuerpo desarrollaron deseos en conflicto con los intereses del alma. Tal y como lo menciona el Nuevo Testamento, en Gálatas (5: 17): «Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis».

Pero no nos servirá de ayuda en nuestra búsqueda espiritual, memorizar las opiniones y conclusiones de Platón, Hegel, Kojéve u otros filósofos sobre qué es el deseo, sino que es imprescindible descubrirlo por y en nosotros mismos. El verdadero religioso no se conforma con reacomodar simplemente sus antiguas ideas y con pensar en ellas, sino que observa y mira en sí mismo, ya que religión es revelación.
El deseo y el sufrimiento

El deseo forma parte de un proceso que tiene sus orígenes en jñāna o ‘conocimiento’, que es mente, pensamiento, pasado, memoria etc. De jñāna nace cikīrṣā o ‘deseo’; luego viene pravṛtti o ‘voluntad de actuar’; después ceṣtā o ‘efecto motor’ y, finalmente, kārya o ‘acción’. El deseo es un movimiento que ‘vitaliza’ y que es ‘vitalizado’, a su vez, por el ego. Difícil tarea es determinar si el ego es el origen del deseo o al contrario. Deseo y ego no sólo se fortalecen mutuamente, sino que están tan interconectados que son, prácticamente, un mismo fenómeno.

Un ventilador en movimiento nos parece, a simple vista, un círculo sólido. Sus hélices girando a gran velocidad crean dicha ilusión óptica. De forma similar, el movimiento de los deseos proporciona una sensación de solidez a la idea de que somos un ‘yo’, un ego. Es dicho movimiento desde lo que es hasta lo que deseamos que sea, el que nos proporciona la sensación de ser ‘algo’ o ‘alguien’.

Desear es sufrir; el deseo es miseria. Nuestro dolor comienza junto con el despertar de nuestro apetito, continúa con el miedo a perder lo deseado después de haberlo obtenido, y concluye con el sufrimiento cuando se pierde realmente. Sufrimos si deseamos un millón de dólares debido a los grandes esfuerzos por obtenerlo.Pero, si acumulamos el millón, comienza el temor a sufrir pérdidas a causa de las fluctuaciones del dólar y la bolsa o de los cambios en nuestros negocios. En un universo temporal, en un mundo pasajero, donde todo lo que nace muere, tarde o temprano sufriremos por la pérdida del objeto de nuestro disfrute.

Son muchos los que, al escuchar que el deseo es la causa del sufrimiento, deciden reprimirlo. Sin embargo, la represión solo consigue transformar el deseo en una obsesión. Otros simplemente desean dejar de desear. No les lleva mucho tiempo darse cuenta de que el deseo de ‘dejar de desear’ no es sino un nuevo deseo, y entonces también desean dejar de desear no tener deseos y así sucesivamente. Comprueban, pues, que es imposible romper ese círculo vicioso. 

Desear no desear es represión. Todo esfuerzo por reprimir el deseo no es más que una manifestación del deseo de liberarnos de los deseos. Es imposible que, a través del esfuerzo por controlarlo o reprimirlo, dejemos de sufrir a causa del deseo.
El deseo y los símbolos

Alfred Korzybski afirmaba que “El mapa no es el territorio”. Esta frase encierra un concepto de gran utilidad para la comprensión del origen del deseo. Dicha expresión, usada posteriormente por Bandler y Grinder y la popular Programación Neuro Lingüística (PNL), se refiere al hecho de que creamos un mapa del mundo con la información que adquirimos a través de los sentidos. En un mapa, las ciudades están representadas por puntos y las rutas por líneas, pero estos son solo símbolos. En la realidad, no vivimos en grandes puntos ni viajamos por líneas. De la misma manera, los seres humanos creamos imágenes, símbolos o, en otras palabras, creamos un mapa de la realidad y no operamos directamente sobre el territorio mismo, sino a partir de nuestras propias interpretaciones acerca del entorno. Lo que consideramos ‘realidad’, no es más que un mapa construido con nuestras interpretaciones subjetivas de la misma.

Creamos símbolos, de tal manera que palabras, formas, ideas, personas, nombres etc., constituyen señales. Configuramos imágenes de lugares, objetos, palabras, personas e incluso de nosotros mismos. Cada símbolo va asociado a una emoción determinada, que consiste en una reacción subjetiva acorde con la manera específica en que lo interpretamos. Por ejemplo, el dinero, la ropa, la escuela donde estudiamos, el barrio donde vivimos y el coche que poseemos, son los símbolos que determinarán nuestra posición social o nuestro éxito en la vida.

Todo deseo es precedido por una sensación. En la raíz del deseo se encuentra una emoción o un sentimiento. Si nuestra percepción del símbolo mental nos provoca una emoción agradable y placentera, nacerá el deseo de conseguir ese objeto para disfrutar del placer que nos causará. Si el símbolo produce una sensación desagradable trataremos de eludirlo. Pero, si nos detenemos a analizar, veremos que lo que realmente deseamos es la sensación y no el objeto, la persona o la situación en sí.

Supongamos que deseamos experimentar la sensación de ser respetados por los demás. En nuestra vida nos hemos dado cuenta de que las personas son respetadas si poseen una casa muy amplia, un auto último modelo, mucho dinero y ropa costosa. Al asociar esos objetos con el respeto de la sociedad, nace el deseo por obtenerlos. Sin embargo, no deseamos los objetos para disfrutarlos, sino para obtener un determinado sentimiento de ser respetados y apreciados.

Los deseos no persiguen algo real, sino tan solo sentimientos y emociones. Cuando deseamos dinero, no sentimos ansiedad por coleccionar papeles de color verde o azul, lo que buscamos tras el dinero son sensaciones de poder o seguridad. Sin embargo, la sensación de poder, no es poder, la sensación de seguridad no significa necesariamente que estemos seguros. Asimismo, nos esforzamos en forjar una relación de pareja para sentirnos amados, o bailamos y cantamos para sentirnos apreciados etc. Pero sentirse amado no significa que uno sea amado realmente, etc. Así pues, al final de tantos esfuerzos no tenemos nada substancial en nuestras manos, sino tan solo un puñado de emociones.  Al encontrarnos solo con sensaciones, nos da la impresión de que no es suficiente y tratamos de repetir la experiencia, lo cual nos lleva a apegarnos al objeto, a la situación o a la persona que nos la proporciona. Intentar satisfacer los deseos se asemeja a tratar de apagar un incendio con gasolina, al final solo nos encontraremos más insatisfechos y con mayor apetito. 
El problema del deseo

Los deseos fisiológicos no conllevan nada negativo en sí mismo, sino que están simplemente destinados a protegernos avisándonos que debemos dormir, comer o ir al baño, etc. ya que la razón de su existencia es mantener y preservar nuestro organismo. Más que deseos, se trata de necesidades. Sin embargo, estas necesidades deben distinguirse de los deseos internos o psicológicos, es decir, no solo el deseo por determinados objetos, sino por las emociones que acompañan a dichos objetos. Esas sensaciones nos desconectan de la realidad y nos separan de la vida, ya que el deseo solo mira hacia el futuro, mientras que la realidad ocurre únicamente ahora. El deseo nos aparta de nosotros mismos, alejándonos lo que somos y lanzándonos hacia lo que deseamos ser. Por esa razón, el deseo es un obstáculo central en el sendero espiritual.

Desear es renunciar al mundo real para cambiarlo por un mundo de teorías, esperanzas, expectativas y fantasías. Quien se entrega a los deseos, está cambiando la realidad por sueños. Al vivir tratando de satisfacer nuestros deseos, danzamos a su compás y no al nuestro propio. Nunca se alcanza la satisfacción en la vida tratando de satisfacer nuestros deseos, sino solo trascendiéndolos.
El deseo y el miedo

El término miedo proviene del latín metus y del griego Deimos. En la mitología griega, Deimos (miedo) es el hijo de Afrodita. Su padre es Ares, dios de la guerra, y es hermano gemelo es Fobos (pánico). Su hermana es la diosa Enio (horror), diosa de la guerra. En la mitología romana encontramos el equivalente de Deimos en Fuga, hijo de Marte, dios de la guerra, y de Venus, diosa del amor.

El miedo es una perturbación del ánimo provocada por la presunción de un peligro. El riesgo puede ser real o producto de nuestra imaginación. El temor se origina en el recelo de que lo que suceda esté en conflicto con nuestros deseos.

Es sorprendente comprobar que la diferencia entre el deseo y el miedo es meramente verbal. Se trata de dos términos que designan aspectos de un mismo fenómeno. El deseo y el miedo no son diferentes sino que se corresponden con dos caras de una misma moneda. Ambos proceden de la memoria, es decir, son pensamiento y tiempo. El deseo y el miedo están interesados por igual en rechazar lo que es y en escapar de ello. El temor a la pobreza nos lleva a desear riquezas, el miedo a la soledad nos impulsa a desear casarnos y a formar una familia. Si observamos, quizás podremos descubrir la presencia del temor en nuestras relaciones. Puede que anhelar recibir calor y atención de la persona ‘amada’ no sea más que una expresión de nuestro miedo a la soledad. Sin comprender la íntima relación existente entre deseo y miedo, se nos hará difícil comprender cómo es posible que personas que dicen amarse sean agresivas entre sí, tengan celos y transformen sus vidas en verdaderos infiernos. Dondequiera que exista deseo, habrá temor; y donde haya miedo, también habrá violencia, celos, deseo de controlar, anhelo de poseer, etc.

Vivir sin deseos

Para comprender lo que significa vivir sin deseos, debemos entender que no se trata de tener mucho sino, más bien, de no necesitar nada. La riqueza no reside en poseer mucho sino en no desear más. Lo que nos empobrece no es el derroche, sino el incremento de los deseos. 

Un multimillonario come comida sumamente exclusiva, bebe vino muy caro y sale de vacaciones en su avión privado. Una persona de clase media veranea en un balneario de su país en un hotel accesible a su bolsillo. Una familia de escasos recursos no puede ni siquiera permitirse esa clase de lujos y se dedica durante el verano a trabajar para poder alimentarse. Al observar a nuestro alrededor el estándar de vida de diferentes personas, daría la impresión que el éxito en la vida se refleja en una mayor libertad para satisfacer los propios deseos. Sin embargo, tanto el millonario como el obrero sufren de los mismos deseos. La única diferencia reside en que el primero tiene mayor libertad para satisfacerlos que el segundo.

La mayoría de los seres humanos nos sentimos limitados y buscamos la libertad ampliando nuestro espacio. Sin embargo, ser libre no significa poseer una jaula muy grande, sino carecer de la necesidad de estar fuera de ella. 

Asimismo, poseemos la errónea impresión de que hallaremos la satisfacción saciando nuestros deseos. Pero la gente que trata de aplacar sus deseos, vive en el descontento, porque la satisfacción no está relacionada con apaciguar nuestros deseos sino con vivir en el ahora, con ser lo que somos.

El deseo por Dios

Si vivimos esforzándonos por el dinero, la fama, el sexo y el honor, se nos considera materialistas. Si nos damos cuenta de que la felicidad no se encuentra en lo material, pensamos erróneamente que debemos cambiar nuestros deseos por otros “espirituales”. Entonces, en lugar de deseos materiales, queremos ser santos y llegar al paraíso, aspiramos a la realización de Dios y la iluminación. Sin embargo, desear a Dios, la verdad y la iluminación, no significa necesariamente que nuestro deseo sea espiritual. Mientras estos términos sean símbolos que despierten en nosotros determinadas sensaciones que deseamos alcanzar, todavía estaremos en el mismo lugar. Mientras alberguemos el deseo de escapar de lo que somos para convertirnos en seres iluminados, mientras deseemos huir de donde estamos para situarnos en un paraíso, nada habrá cambiado en nosotros. Solo habremos cambiado el símbolo ‘dinero’ por el símbolo ‘Dios’, el símbolo ‘fama’ por el símbolo ‘iluminación’. Mientras los deseos sigan distorsionando nuestras mentes aquello que deseamos no es, ni puede ser, Dios o la verdad. Tal y como lo señala el sagrado Bhagavad Gita (capítulo 7, verso 20):

kāmais tais tair hṛta-jñānāḥ
prapadyante 'nya-devatāḥ
taṁ taṁ niyamam āsthāya
prakṛtyā niyatāḥ svayā

“Aquellos a los cuales los deseos por los objetos han dejado sin sabiduría ni discernimiento, adoran a los semidioses impelidos por sus propias naturalezas.”

La naturaleza del deseo sincero por Dios es esencialmente diferente de la de cualquier otro deseo. Es completamente distinto al deseo de experimentar la sensación de seguridad que percibimos al escuchar la palabra ‘Dios’ o el sentimiento de superioridad que acompaña a términos como ‘iluminación’, ‘espiritualidad’ o ‘religión’. No es otro de ‘mis’ deseos de que ‘yo’ experimente, obtenga o adquiera algo. El deseo egoísta es un deseo personal, al que el judaísmo y el jasidismo denominan, en hebreo, ratson atsmi, y al que la Cábala se refiere como ra, que son las iniciales que, al unirse, forman la palabra que significa ‘el mal’.

El auténtico deseo por la verdad es destructivo porque su dirección es la disolución de todo concepto, idea o conclusión acerca de lo que somos. Es un deseo que contiene dentro de sí todo deseo imaginable. El deseo por Dios se expresa como deseo de libertad absoluta, de amor infinito, de verdad y expansión ilimitada. Es el único que no se sacia haciendo algo por satisfacerlo. Es un deseo que, para saciarlo, no debe ser limitado sino que más bien encendido e inflamado. Tenemos que rendirnos, entregarnos a este deseo y ponernos en sus manos. Debemos seguir su rastro, rastrear sus huellas hasta llegar al lugar de donde procede. Debemos descansar en este deseo de libertad y dejarnos arrastrar hasta su origen.

El deseo por iluminación no es nuestro, sino que es el Ser deseándonos a nosotros. No es el hombre deseando a Dios, sino que es el llamado divino en lo profundo del corazón humano.
El deseo y el presente

Debido a que el pensamiento es tiempo, existe una relación muy íntima entre el deseo y el tiempo. No me refiero al tiempo del reloj y de los calendarios, sino al tiempo psicológico. El tiempo interno es el movimiento desde lo que fue hasta lo que esperamos o deseamos que sea. En ausencia de tiempo, la existencia del deseo es absolutamente imposible. El movimiento del deseo es, por lo tanto, el movimiento del tiempo mental desde lo que es hacia lo que deseo que sea. El deseo es la intención de repetir mañana lo que experimentamos ayer.

Si observamos con atención la cuestión del tiempo, nos daremos cuenta de que solo el pasado y el futuro pueden ser denominados tiempo. El presente, el ahora, lo actual, es atemporal. Los deseos no están relacionados con el presente, con lo que es, sino que con lo que esperamos o deseamos que sea. Debido a su perspectiva del futuro, el deseo no puede vivir en el presente. De ese modo, situándonos en el ahora, los deseos desaparecerán, como por arte de magia, sin esfuerzo alguno.
De lo mencionado podemos colegir  que el deseo es una manera de rechazar el presente y escapar de él.

El deseo ha llegado a ser nuestra pauta de vida. No vivimos en el presente, sino en una constante expectativa del futuro. Mañana disfrutaremos, mañana seremos felices, mañana alcanzaremos la dicha. El mañana es lo importante, lo valioso. Nos relacionamos con el presente solo como un medio y no como un fin en sí mismo.

El esclavo del deseo no vive, sino que simplemente pasa su vida preparándose para vivir. Incluso hasta en su último aliento sigue preparándose para disfrutar en un paraíso futuro. La vida de los servidores de los deseos es la absoluta insatisfacción. Solo alimentan la esperanza de sentirse satisfechos cuando, en algún momento futuro, logren la situación, la persona o el objeto deseado.

Sitúate en el presente, en este momento, en este instante, sé en el ahora. Únicamente en el presente te darás cuenta de que eres el único responsable de tu miseria. Solo en el ahora encontrarás el vacío tan lleno de todo. Solo este instante presente te enseñará que, si no encuentras tu satisfacción aquí, no la hallarás en ningún otro lugar; y que, si la felicidad esta aquí, se encuentra en todos los sitios. Es aquí donde no experimentarás la falta de nada sino un profundo agradecimiento. Es aquí donde encontrarás la vida, la existencia, la realidad…

Trascender el deseo no implica su represión, sino la sabiduría de transformar el momento presente en tu vida entera…
En el capítulo 2, versos 71 y 72, leemos:
Vihāya kāmān yaḥ sarvān
pumāṁś carati niḥspṛhaḥ
nirmamo nirahaṅkāraḥ
sa śāntim adhigacchati

“Quien vive desapegado y ha abandonado todo deseo, ha renunciado a todo sentido de posesión y está desprovisto de ego, alcanza la verdadera paz.”

eṣā brāhmī sthitiḥ pārtha
naināṁ prāpya vimuhyati
sthitvāsyām anta-kāle ‘pi
Brahma-nirvāṇam ṛcchati

“Eso es establecerse en lo Absoluto. Después de llegar a allí, no hay confusión. Si, en la hora de la muerte, uno se encuentra en ese estado, queda establecido en lo Absoluto.”